Nuestro viaje por la India comenzó en Calcuta. Tras dos aviones, una escala de ocho horas y un taxi en el que temí varias veces por mi vida, llegamos a este insólito país.

El viaje lo describiría como caótico, sorprendente e impactante. Cualquier cosa puede pasar.

La India no me cambió la vida como tal, al contrario de lo que le pasa a mucha gente. Durante todo el viaje tuve la sensación de estar en otro mundo, pareciéndome inconcebible que mi vida en España y la vida en la India coexistiesen. Mismo tiempo y mismo planeta.

Cuando volví a España, a mi realidad, enseguida el viaje a aquel país tan improbable se volvió lejano, como si de un largo sueño se tratase. Todo lo que viví dejé de sentirlo con tanta intensidad. Me empecé a quejar de las cosas más nimias de una vida cómoda y placentera, y entonces un día recordé que allí vivimos cosas que aquí son totalmente imposibles y apenas nos quejábamos. Me sorprendí a mi misma cuando me di cuenta de las cosas que había visto en la India; la pobreza más extrema, la miseria, el dolor en los ojos de algunas internas de Shanti Dan, y las cosas que nos habían pasado estando allí y simplemente habíamos aceptado.

Y eso es precisamente lo mejor de la India: la aceptación. Aceptas y te resignas ante todo aquello que te ocurra y no tenga solución. Jamás vi a un indio renegar de su país ni de su condición. Aceptan la vida que les ha tocado vivir sin quejarse porque piensan que lo merecen por lo que hayan podido hacer en una vida anterior, y que en la próxima, será mejor

En Calcuta no me atreví a hacer fotos. No me sentía cómoda fotografiando tanta pobreza y miseria, aunque reconozco que se me ha quedado una espinita clavada con ese tema. Allí vi las miradas más profundas que he visto y veré jamás.

Continuamos nuestro viaje en Varanasi, Agra, Jaipur y Nueva Delhi, en ese orden. Estas son algunas fotos que hice en estas ciudades, tan fascinantes como contradictorias.

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